Discurso pronunciado por el Sr. D. José María Bengoa Lecanda con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante

TRAS LA RUTA DEL HAMBRE

Este recorrido del Dr. José María Bengoa Lecanda durante siete décadas dedicadas a la nutrición social desde Venezuela para el mundo, se expresa en sus propias palabras, en el discurso: “TRAS LA RUTA DEL HAMBRE”, con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa conferido por la Universidad de Alicante el 28 de enero de 2004, en el sintetiza su fructífera labor.

Dr. José María Bengoa

Agradecimientos

Al agradecer a la Universidad de Alicante la honrosa distinción que me ha concedido, debo hacerlo con la modestia que corresponde a un médico que, de lo que más se enorgullece, es de haberlo sido de una comunidad rural tropical hace 65 años. En la decisión de las autoridades de la Universidad de Alicante para concederme esta distinción, sin duda alguna ha sido importante la amistad que me une a algunos de los profesores del área de Salud Pública, tema al que he dedicado toda mi vida. Gracias, pues, a todos aquellos que han promovido esta iniciativa y en especial a la Escuela Universitaria de Enfermería que ha dado todo su apoyo para que se realice este acto. El que fuera hace años Rector de la Universidad de Alicante, el Profesor Ramón Martín Mateo, tuvo con anterioridad el mismo cargo en la Universidad del País Vasco. Mantuvimos una buena amistad y largas conversaciones tanto en Bilbao como en Caracas. Ambos acariciábamos la idea de crear en la Universidad del País Vasco una Cátedra “Simón Bolívar”, destinada al estudio y difusión de los valores y la historia latinoamericana. Se firmó incluso el protocolo de acuerdo con el Ministro de Estado de Venezuela, pero finalmente, al dejar su cargo el Profesor Martín Mateo, la hermosa iniciativa se desvaneció.

Con mucha simpatía he oído las amables palabras del Profesor Josep Bernabeu Mestre, prolífico escritor de historia de la Salud Pública que ha sabido analizar los verdaderos entresijos de la Salud Pública en la España de los años 30 del siglo pasado. Gracias, Josep, por tus entrañables palabras. Primero con el Profesor Martín Mateo, y ahora con el Profesor Bernabeu y la Profesora Encarna Gasón, se ha creado y fortalecido este lazo de unión entre Bilbao, Caracas y Alicante.

BIOGRAFÍA

Infancia y estudios

En mi largo exilio, la imagen de la ciudad donde nací fue una constante nostálgica. Mi infancia se desarrolló en Bilbao en una familia de comerciantes de clase media, con profundas raíces religiosas, entre una sociedad minoritaria opulenta y un proletariado mayoritario en condiciones de vida muy pobre. Durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX, Bilbao tuvo un desarrollo industrial extraordinario, junto con la tasa de mortalidad más alta de Europa. Este contraste, seguramente no se dio de forma tan intensa en otros lugares.

Bilbao había sido tradicionalmente una ciudad (realmente una villa) comercial que llevaba un curso de desarrollo normal, acaso un poco acelerado, donde vivía una clase media envuelta en el torbellino de las luchas internas entre liberales y absolutistas. Pero la explotación del hierro a gran escala en la segunda mitad del siglo XIX trastocó totalmente la vida bilbaína, creándose una gran riqueza, pero generándose simultáneamente un problema social de gran magnitud.

Las familias ricas, las muy ricas, se fueron a vivir a la zona residencial del Abra (Neguri, Algorta, etc.). Los obreros mineros prosperaron y se incorporaron a una clase trabajadora sindicalizada que, a costa de huelgas y conflictos lograron superar en parte su pobreza. La Escuela de Ingenieros, la Universidad de Deusto, que desde principios del siglo XX formó a economistas pioneros en Europa, y las Escuelas de Artes y oficios que enseñaban matemáticas y dibujo, que se extendieron por muchos municipios de Vizcaya, fueron sin duda los pilares de un nuevo Bilbao de clase media y obrera cualificada que trabajaba sin descanso, y que gozaban con una buena comida acompañada de abundante vino. Todo ello en una atmósfera de profunda religiosidad y de respeto y cumplimiento hacia las costumbres tradicionales.

A principios del siglo XX no faltaban, sin embargo, las huelgas y los conflictos que alteraban por unos días la paz. Miguel de Unamuno se dolía, a principios del siglo XX, de los conflictos que padeció Bilbao en esa época. En la escuela pública a la que asistí nos juntábamos la clase media y la clase pobre. No recuerdo los nombres de muchos de los compañeros de clase, pero sí los apodos. Uno era el cojo, otro el manco, el de más allá el cabezón, otro el bizco, etc. Todo ello como resultado de las secuelas del raquitismo, la osteomielitis, la tuberculosis ósea, las fracturas mal tratadas, y otros procesos dominantes en la época.

Al pasar al bachillerato, la mezcla social era ya de clase media con la alta. En todo Bilbao y Vizcaya había un solo instituto de enseñanza media y cuatro colegios religiosos. El nuevo Instituto “Miguel de Unamuno”, en el ensanche de Bilbao, se inauguró el año 1926. Cuando ingresé en el cuarto año de bachillerato, se decretó por primera vez la reválida del bachillerato, y había que elegir desde cuarto año el “ir por ciencias”, o bien “ir por letras”. Siempre he lamentado esa época en la que perdí la oportunidad de conocer algo de Historia del Arte, Literatura, Lógica, Principios de Filosofía, y otros conocimientos humanísticos. Durante tres años, nuestras materias de estudios fueron exclusivamente Matemáticas, Biología, Física y Geología ¡Qué clase de bachilleres íbamos a ser sin saber qué es un verso, una pintura, una catedral, y sin saber quién era Bacon, Kant, Velázquez, Unamuno, Calderón, Lope de Vega y tantos otros! Fueron tres años perdidos que nunca llegué a recuperar del todo a lo largo de noventa años de vida. ¿Por qué no haber legislado un bachillerato con acento en ciencias o letras, pero manteniendo al menos un 30 ó 35% para una formación más completa frente a la vida? Cuando fuimos a Valladolid a hacer la reválida de ciencias éramos unos pobres imberbes que apenas sabíamos lo que era el binomio de Newton, la clasificación de los reptiles, las leyes de Arquímedes y los volcanes de Centro América. El examen escrito duró cuatro horas ante tres profesores universitarios que no habíamos visto nunca. Yo creo que aprobé de milagro. Decidí estudiar medicina en Valladolid, y por primera vez me puse un traje de pantalón largo.

El primer día de clase en la Facultad de Medicina consistió en la disección de trozos de un cadáver. Nunca entendí bien por qué el comienzo de los estudios de medicina se hace en las salas de disección, frente a la muerte. Pero no ante una muerte de cuerpo entero, solemne, global, de un ser que poco antes estaba vivo, sino de una muerte a pedazos, en trozos de cadáver, de seres desgraciados que nadie reclamó. Se inician los estudios de medicina viendo el detalle morfológico de músculos, tendones y huesos como un rompecabezas de trozos aislados, irreconocibles, por no conocer el todo a quien pertenecen. Pasarán varios años antes de explicar la vida, su misterioso funcionamiento, sus alteraciones en el desarrollo y las patologías más frecuentes.

Parece lógico que al joven que se inicia en una profesión, por la cual ha sentido una vocación de amor, en los comienzos se le hable de cómo nace la vida, cómo se desarrolla el feto en el seno materno según los códigos de la herencia materna y paterna, y cómo va a nacer un nuevo ser con una estructura ya formada, después de nueve meses de gestación. Así debería ser la lección del primer día de clase. Para suerte nuestra el profesor de anatomía, el Dr. Prieto, y el profesor de Anatomía patológica, el Dr. Costero, fueron excelentes maestros, tal vez los mejores en los primeros años. Desde los inicios destacó como el alumno más aventajado Arsacio Peña, el más querido y admirado entre los amigos de entonces, actualmente profesor jubilado de la Universidad de Granada. Estando en segundo año se implantó la República Española que tantas esperanzas había creado. Todo el pueblo de Valladolid se echó a la calle, pletórico de entusiasmo y alegría; el mismo pueblo que cinco años después se lanzaría a la misma calle a tumbar al gobierno republicano y comenzar así la guerra civil que duraría tres años.

El invierno de 1932 fue muy frío, y nos confortábamos en casa de la patrona con un modesto brasero. Un día de febrero de ese mismo año llegué a casa con escalofríos y tos, y pensé que sería un simple resfriado. A medianoche tuve una hemoptisis grave que fue amortiguada horas después con la ayuda de un médico del Puesto de Socorro. Me diagnosticaron tuberculosis.

Yo veía mi vida truncada al tener que dejar mis estudios y perder al menos un año en la carrera. En Bilbao comencé la recuperación en reposo absoluto y buena alimentación, ya que en aquella época no había tratamiento eficaz contra esta enfermedad. Estuve varios meses de pueblo en pueblo, de altura en altura. Parecía que estaba casi curado cuando de pronto tuve de nuevo algunos esputos de sangre. Mi ánimo decayó y mis padres decidieron enviarme al sanatorio “La Fuenfría”, en la Sierra de Guadarrama, en los Altos de Cercedilla, a pocos kilómetros de Madrid. Allí permanecí ocho meses.

Los vascos que estudiábamos en Valladolid constituimos una Asociación, cuyo único objetivo era promover la creación de una Universidad en el País Vasco. Junto con Extremadura, eran las dos únicas regiones de España que no tenían universidad. No fuimos bien vistos, sobre todo por Falange. Me nombraron presidente de dicha Asociación y tuve desagradables encontronazos. Los veranos de esos tres últimos años de carrera los pasé en el Hospital de Basurto, aprendiendo la práctica de la medicina con los Doctores Juan Viar y Justo Gárate. La violencia social y política se fue acentuando, hasta que el 18 de julio de 1936 prendió la mecha.

La guerra civil

En los primeros días de junio de 1936 concluí los estudios de Medicina. El 18 de julio del mismo mes se sublevó el ejército contra el Gobierno legalmente constituido. Fue mi bautizo como profesional de la medicina. Me incorporé desde los primeros momentos a la organización de servicios sanitarios. En dos meses organizamos una amplia red de puestos de socorro y hospitales. Esta organización nos permitió la atención de los heridos de guerra, tanto en el frente como en la retaguardia. Fue realmente un esfuerzo colosal, donde médicos, enfermeras, voluntarios, Hermanas de la Caridad y otros, realizamos una obra que fue elogiada por la Cruz Roja Internacional y numerosos visitantes. En febrero de 1937 publicamos una memoria sobre esta experiencia profesional y vital que fue altamente elogiada. Yo dirigí el texto escrito en varios idiomas.

Fue una época triste, sobre todo para los que tuvimos que sufrir la guerra a la defensiva, lo que equivale a retroceder, correr y llorar. Al perderse Bilbao decidí pasar a Francia, para colaborar en la organización y gestión de las colonias infantiles de los refugiados vascos. Al cabo de un año en Francia decidí dar el salto a América: partí hacia Venezuela.

A los tres meses de haber llegado a Caracas, el Ministro de Sanidad me nombró médico rural de Sanare, población del Estado Lara, a la que se llegaba en dos días en autobús. Sanare me pareció un pueblo detenido en el tiempo, con calles empedradas y desiguales por donde sólo transitaban caballos y mulas. El silencio era casi total. No había luz eléctrica. El casco de Sanare tenía unos 2.000 ó 3.000 habitantes, con más de cincuenta caseríos dispersos por el campo. Algunos se encontraban a una distancia considerable, requerían hasta cinco horas a caballo para llegar. La población total que atender era de 20.000 habitantes aproximadamente.

Yo vivía de asombro en asombro. La gente con la que conversaba, tanto en el dispensario como en la calle, era sumamente amable, con una sencillez conmovedora en las formas. Pocos tenían más de cuatro años de educación primaria, pero su conversación sobre temas históricos venezolanos era tan amplia y sutil que bien podría corresponder a personas con un nivel educativo superior.

Desde el primer día en el que acudí al dispensario médico, me percaté que las quejas de los enfermos que venían a verme, poco tenían que ver con lo que yo había aprendido en la Universidad de Valladolid y en el Hospital de Basurto (Bilbao). La patología tropical que dominaba en Sanare era muy visible, dramáticamente agresiva. Para mí se trataba de un diagnóstico difícil, teniendo en cuenta mi escasa experiencia clínica de los procesos dominantes y sin ayuda de un laboratorio. La disponibilidad de medicamentos específicos en Sanare era además muy limitada. Los antibióticos y sulfamidas no habían aparecido todavía.

Un día visité una embarazada en un rancho humilde, en las afueras del pueblo. Desde una esquina observé a un niño de 2 ó 3 años, con la mirada triste, la cara y el cuerpo hinchados y una piel en mosaico, como una quemadura rojiza. Me estremecí y le pedí a su madre que me lo trajera al dispensario. Pocos días después, al final de la consulta, apareció el niño hinchado con aparentes quemaduras y mirada triste que yo había visto en el rancho con su madre. Este cuadro no aparecía en los textos de medicina tropical. Pregunté su opinión a los enfermeros prácticos que me ayudaban en el dispensario. Me dijeron que la gente pensaba que era debido a parásitos intestinales. Lo primero que vino a mi mente fue la pelagra infantil, por las lesiones de la piel.

Los edemas, sin embargo, eran demasiado intensos. Tomé la decisión de preparar un viaje a Barquisimeto, capital del Estado Lara, donde estaba como director del Hospital de Niños un conocido pediatra. En esta ocasión llevé conmigo dos niños enfermos. El Dr. Agustín Zubillaga me informó que esos enfermos padecían de un síndrome pluricarencial por deficiencia de proteínas y acaso vitamínicas. Me dio las instrucciones necesarias para la realimentación de los niños.

El dispensario tenía un patio interior bastante grande, y pensé que con las instrucciones del Dr. Zubillaga podíamos tratar estos niños. Instalamos en ese patio unas colchonetas para que los niños desnutridos permanecieran de 8 a 10 horas, con el fin de que recibieran así la alimentación requerida. Las madres colaboraban en el trabajo. Hubo temporadas en las que el patio llegó a tener hasta 10 y 12 niños. Los enfermos se recuperaban en 3 ó 4 meses a la vez que las madres recibían la educación alimentaria apropiada. Así nació el primer Centro de Recuperación Nutricional, hoy extendidos por todo el mundo. Un día el Padre Quintana vino a visitar el Centro y me preguntó cuándo daba de alta a los niños: mi respuesta fue clara y sencilla: “cuando sonríen, Padre, cuando sonríen”.

Años después, en calidad de funcionario de la OMS, di un curso a médicos franceses en Marsella (1956) destinados a las colonias de África. Acogieron la iniciativa con entusiasmo, y fue de esta forma como se fueron extendiendo por todo el mundo los Centros de Recuperación Nutricional que tan buenos resultados están dando todavía, sobre todo en las emergencias.

Entre tanto, la vida transcurría en Sanare a un ritmo lento, monótono, pero lleno de vivencias pasadas que se recordaban sin cesar, cada vez más entrañables. Vivir en un pueblo aislado, sin electricidad, sin acueducto, sin automóviles, sin bicicletas (las calles empedradas hacían más difícil su uso), casi sin noticias del exterior, nostálgico de su pasado a pesar de ser igual al presente, podría parecer que conduciría a una cierta frustración. Nada de eso. Vivíamos modestamente, con sencillez casi monástica, pero las pocas cosas de las que disponíamos las gozábamos con mayor intensidad, en un ambiente de solidaridad y ayuda mutua.

 

Pero ante tanto silencio y tanta soledad mi pensamiento se hacía una serie de preguntas. ¿Por qué hay tanta paz en medio de tanta necesidad? ¿Cómo es capaz el ser humano de adaptarse a una vida de mínimos? ¿Por qué los hombres y mujeres tienen tanta capacidad de resignación que les permite ofrecer una apariencia de seres felices? ¿O acaso lo son realmente al no tener otras necesidades sentidas? De mi experiencia durante tres años en Sanare publiqué un libro ampliamente difundido, titulado “Medicina Social en el Medio Rural Venezolano”, dedicado al Dr. Santiago Ruesta, maestro y amigo, exiliado también, quien me enseñó a dar los primeros pasos en Salud Pública. Ese libro me abrió muchos caminos en mi vida futura. Cuando en 1960 me preguntaron en la India, en qué universidad había adquirido los conocimientos de medicina social, contesté con plena seguridad en lo que decía: “en la Universidad de Sanare”.

 

En 1941 fui llamado a Caracas para organizar las actividades de nutrición a escala nacional. En la década de 1940 a 1950 se crearon una serie de instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Nutrición y la Escuela de Nutricionistas y Dietistas, que adquirieron cierto renombre en América Latina.

Vida internacional

En 1955, cuando el Instituto de Nutrición y la Escuela de Nutricionistas y Dietistas estaban en pleno apogeo, la OMS solicitó al Ministerio de Sanidad de Venezuela la posibilidad de trasladarme a Ginebra e iniciar acciones de nutrición en Salud Pública a nivel mundial. Era una tarea ambiciosa y casi imposible de cumplir, sin más recursos que mi modesta experiencia.

Acepté el reto, y de paso pude visitar a mi familia de Bilbao después de 18 años de exilio.

La oportunidad de comenzar a hablar de “nutrición en salud pública” se presentó en un curso de nutrición que organizó la FAO en Marsella en 1956 para médicos franceses que trabajaban en las colonias de África. Preparé un documento titulado “Esquema de Nutrición en Salud Pública”, en el cual desarrollaba de forma resumida la responsabilidad de los servicios locales de salud pública frente a los problemas de nutrición. En cierto modo, mi tarea consistió en hacer un puente que comunicara la ciencia de la nutrición con la salud pública.

En esa época, en los círculos internacionales de las Naciones Unidas se hablaba casi exclusivamente del “kwashiorkor”, el síndrome de desnutrición grave que había sido descrito por Cecily Williams en 1935, y que yo había detectado durante mi estancia en Sanare en 1938. Durante el curso que impartí en Marsella, al cual acabo de hacer referencia, en mi intervención sobre “Nutrición en salud Pública”, señalé la utilidad que podían prestar en las áreas de alta prevalencia de desnutrición grave los centros de recuperación nutricional, poniendo como ejemplo Sanare, el lugar donde lo pusimos en marcha por primera vez y con éxito. La idea fue bien acogida y ampliamente difundida en varios países africanos. El ahorro que ello suponía al reducir los casos de hospitalización era evidente.

En aquella época no había un modelo establecido sobre la forma de obtener información acerca de la magnitud del problema de la desnutrición grave y moderada en los países afectados, por lo que todo dependía de la capacidad de gestión y de la iniciativa de cada uno de nosotros. En algunos países se pusieron en marcha programas efectivos, y gracias a ellos la prevalencia de las formas graves de malnutrición (kwashiorkor, marasmo nutricional) han disminuido notablemente, salvo en zonas de conflicto o catástrofes naturales. Trabajé durante veinte años en más de 60 países de Asia, África y América Latina. Lo que predomina hoy en estos países es la desnutrición crónica pluricarencial, es decir, una deficiencia calórico-proteínica asociada a varias deficiencias de micronutrientes (hierro, yodo, vitamina. A, y otros nutrientes). El signo dominante en la desnutrición crónica pluricarencial es la talla baja.

En 1971, en una reunión internacional que tuvo lugar en Boston, sugerimos que la talla del niño de 7 años se tomara como indicador de la desnutrición crónica y la historia social de una comunidad. Entre otros argumentos, señalábamos que este indicador estaba estrechamente relacionado con el índice de desarrollo socioeconómico elaborado en Ginebra. Este estado de desnutrición crónica es el más grave que confrontan hoy los países en desarrollo, porque en el fondo es un proceso de adaptación, irreversible en muchos de sus parámetros. Por lo tanto, tiene un mal pronóstico si nos atenemos a las posibilidades de mejorar la generación actual. Ahora bien, el problema es mucho más grave que un simple subdesarrollo. La talla baja por razones nutricionales o socioeconómicas esconde una patología total de subdesarrollo físico y funcional, con repercusiones en el desarrollo social.

Un niño que ha padecido en los primeros años una desnutrición grave puede presentar al cumplir cuatro años la talla de un niño de tres años, el perímetro torácico de un niño de dos, un perímetro cefálico de uno de año y medio, una capacidad de lenguaje de un niño de 14 meses, y un peso y una conducta motora de un niño de un año (Ramos Galván). Un niño de seis años que a primera vista aparenta tener tres a causa de su retraso físico, no es evidentemente comparable en su conducta, en su psicología y en su capacidad de aprendizaje, a un niño normal de seis años, pero tampoco a un niño de tres. Es un ser distinto, con sus propias características biológicas y de conducta, con una organización intersensorial difícil de encuadrar estrictamente en una edad cronológica.

La expresión hambruna –hambre de pueblos-, se está simplificando y reduciendo a un problema de carestía de granos. La gran mayoría de los países en desarrollo viven de granos, es decir, de cereales y leguminosas. De hecho, la política comercial internacional se juega a nivel de intercambio de granos. El trigo, el maíz, el arroz y la soja junto con algún otro producto constituyen hoy el arma estratégica más formidable que amenazan a pueblos y continentes. Jamás antes en la historia, los alimentos tuvieron tanta importancia política. Los diplomáticos americanos y rusos dedican más horas al problema de intercambio de cereales y soja, que a otras actividades aparentemente más acuciantes. Quien quiera seguir el drama de los países con hambre, tendrá que seguir el “barómetro” de los intercambios internacionales de granos. Ahí encontrará la clave de las miserias y de las dificultades de un mundo desigual, sujeto a las presiones que se pueden ejercer para lograr alimentar a sus poblaciones.

Hemos pasado un siglo difícil, donde han confluido los avances tecnológicos más extraordinarios de la historia del hombre con las más atroces matanzas y guerras sin piedad; donde las desigualdades económicas se manifiestan como nunca antes lo hicieron: existen multitudes de seres humanos en los cinco continentes que mueren de hambre y sufren de mengua, y conviven con otros que padecen una creciente mortalidad y prevalencia de procesos signados por el exceso en el comer y el sedentarismo. Todo eso en la misma época histórica, en el mismo planeta Tierra. Nunca antes se habían dado tantos contrastes en la vida del hombre. Nunca antes se habían conjugado simultáneamente tanto avance y tanto atraso, tanto conocimiento y tanta ignorancia, tanto equilibrio mental individual y tanto desequilibrio social; en fin, nunca antes se había visto tanto amor por la humanidad como lo demuestran los grupos voluntarios a comienzos de este siglo, y tanto desamor y crueldad, lo mismo en las guerras como en la paz. Como dijo Sir Jhon Boys, primer Director General de la FAO, hace más de 50 años: “si no hay pan para todos, no puede haber pasteles para nadie”.

Hace 30 años dejé la OMS, cuando los problemas de la malnutrición eran altamente prioritarios. Hoy la situación ha cambiado. A fines de la década de los años 70, cuando se reinició la época democrática en España fui invitado por el Lehendakari Garaikoetxea para asesorar a la Consejería de Sanidad recién creada. Fueron cuatro años de gratos recuerdos, pero regresé a Caracas para hacerme cargo de una Fundación destinada a la lucha contra el hambre, que era lo mío. En estos últimos años mi vinculación a Venezuela ha cristalizado en esa mezcla mágica de gratitud y entrega.

Al recibir ahora, al cumplir 90 años de edad, este reconocimiento, deseo dedicárselo a mi esposa Amaya, así como a mis hijos, nietos y biznieto, quienes algún día podrán recordar mis andanzas en una Hoja de Ruta de lucha contra el hambre. También tengo en mi recuerdo a mi hermano Pedro, Sacerdote. Gracias a la Universidad de Alicante, gracias a las autoridades, gracias a todos.

José María Bengoa, dedicó su vida a combatir el hambre y la desnutrición, que conoció en su expresión más severa en los pequeños pacientes de la comunidad de Sanare. La lucha contra la desnutrición el hambre y la injusticia social se convirtió en su misión de vida. “Inquietud, de lucha, de saber y de servir”, así define su razón de ser en su extensa e intensa labor al servicio de los más humildes. Josef Bernabéu Mestre, 20 de enero de 2004.

Bengoa, vasco y venezolano en igual proporción 1938 – 2010

En la comunidad de Sanare identificó cuatro problemas sociales relacionados con la condición de salud de sus habitantes: la alimentación deficiente, la vivienda de ranchos de paja y piso de tierra, los salarios bajos y el déficit educacional. La presencia de estos factores hacía que las medidas preventivas y terapéuticas no tenían sino un valor testimonial de que algo se hacía, a sabiendas que los resultados eran muy escasos (Bengoa, 1940). «No conozco otro rasgo humano que sea tan dolorido como el de un niño con hambre: el cuerpo hinchado, lesiones en la piel como si fueran quemaduras, la mirada triste, acusadora.  Por eso, cuando el padre Quintana, el cura del pueblo, le preguntó que cuándo le daría de alta a los niños desnutridos, le contesté: “Cuando sonrían, padre».

El pueblo de Sanare honra su legado y su memoria

El hospital de la comunidad lleva su nombre

Bengoa creó en Sanare el primer Centro de Recuperación Nutricional para atender a los niños y educar a las madres, modelo de atención, que, luego trabajando para las Naciones Unidas logró extender al resto de América, Asia y África.

En 1941 fue llamado a Caracas y nombrado jefe de la Sección de Nutrición del Ministerio de Salud y Asistencia Social (MSAS). Allí estuvo hasta 1946, cuando se le da el cargo de jefe de la División Técnica del Instituto Pro-alimentación Popular (IMPAP) de Venezuela. Allí permanece hasta 1949.

En este período ocurre un acontecimiento muy importante para el Dr. Bengoa y es su matrimonio con Amaya Rentería.  Sus hijos Miren Amaya, José María, Javier Rafael, Jon, Miren Argi  e Iñigo; tuvo 16 nietos, 16 biznietos y 12 sobrinos, ese hombre de familia solía contar su experiencia en el largo recorrido por las regiones de Venezuela.

En 1942 realiza una investigación sobre las necesidades nutricionales de los venezolanos e insistió en que las mismas, debían servir de base para establecer la programación agrícola del país. Esta propuesta fue acogida y ya en 1960, cuando se inicia en la Oficina Central de Coordinación y Planificación de la Presidencia de la República (CORDIPLAN) la modernidad de la planificación de políticas públicas en Venezuela, se aplicó ampliamente. El ejempló de Venezuela permeó hacia toda América Latina.

De 1949 a 1950 es Co-fundador del Instituto Nacional de Nutrición, de la Escuela de Nutrición de la Universidad Central de Venezuela y de la revista Archivos Venezolanos de Nutrición que continuó como Archivos Latinoamericanos de Nutrición y junto a otros calificados científicos latinoamericanos, fue uno de los fundadores de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición (SLAN) en 1965.

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